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Orlando Van Bredam: “He tenido la osadía de transitar por todos los géneros”

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Autor imprescindible de la literatura argentina, Orlando Van Bredam es un referente obligado en el noreste argentino. La calidad de sus obras, donde están presentes el humor, la lírica y la complejidad narrativa lo transforman en un escritor de culto. 

Por Mariano Quirós *

 

Orlando Van Bredam nació en 1952 en Villa San Marcial, Entre Ríos, pero en 1975 se instaló en El Colorado, Provincia de Formosa, y ya no se movió de allí. Autor imprescindible para la literatura argentina —sobre todo del nordeste— tiene, como él mismo señala, “la osadía de transitar por todos los géneros”. Sus novelas Colgado de los tobillos, Nada bueno bajo el sol, La música en que flotamos —por citar tres— han adquirido esa ambigua calidad de clásicos de culto. Quien lee a Van Bredam, de inmediato se entrega al dulce combo de humor, lírica y complejidad que ofrece su prosa. Docente apasionado —alguna vez dijo que “dar clases es una manera de seguir hablando de literatura”—, en esta entrevista no sólo hace un repaso de su obra, sino que va por las obras que marcaron su manera de concebir el oficio literario y la mismísima “vida”. “Somos lo vivido y también lo no vivido, lo esperado en vano”.

-Vamos al origen de todo: ¿cómo fueron tus inicios como lector y escritor?
-No fui un niño precoz, tardé en adquirir la lecto escritura, era muy distraído y no lograba concentrarme en clase. Todo me distraía, me llevaba a otra parte, tanto que la maestra le dijo a mi mamá que nunca iba a aprender a leer y a escribir. Creo que a los nueve años, más o menos, empecé a interesarme por las palabras, por el encanto que eran capaces de provocar. Fue en una clase de redacción, cuando escuché a una de mis compañeritas leer una bella composición sobre el otoño que tuve esa revelación. Después, cuando ingresé en la biblioteca de la escuela y pude llevar a mi casa La isla del tesoro, de Robert L. Stevenson, fue tal el impacto que me propuse secretamente ser un escritor hasta que me descubrieran. Iba a todos lados con un cuaderno en el que redactaba todos los días una novela policial que nunca terminé. La narrativa gótica, sobre todo Drácula de Bram Stoker, me convirtió en un lector insomne. A la par, no dejaba de coleccionar los comics mexicanos plagados de superhéroes yanquis que incentivaban mis largas distracciones. De ese encuentro surgió un curioso superhéroe criollo al que bauticé con el nombre de Marballena. En la adolescencia, descubrí, ayudado por un amigo más lector que yo, a Sartre, Camus, Graham Greene, Kafka, Chesterton, Borges, Cortázar y también a poetas inolvidables como Neruda, Rimbaud, Tejada Gómez y tantos otros. En esa época escribía muy poco. La escritura como una necesidad más o menos disciplinada aparece alrededor de 1975, cuando ya estoy viviendo en Formosa.

-A quien no haya leído nada de Orlando Van Bredam, ¿por dónde le decimos que empiece?
-He tenido la osadía de transitar por todos los géneros, pero creo que un texto amable, y todavía actual, es Colgado de los tobillos, sobre todo por tratarse de un personaje épico, uno de los últimos héroes románticos sobre el que se sabe más sobre sus milagros que sobre su condición de rebelde. Al margen de la novela, Antonio Gil representa el constante martirologio de los desposeídos y eso es justamente lo que lo engrandece, con su presencia tan popular, desafía y cuestiona todos los dogmas políticos y religiosos.

-¿Escribir es un placer o un sufrimiento?
-Para mí es un placer porque sólo responde a una necesidad fisiológica, no escribo para sufrir o porque sufro. Lo hago porque necesito hacerlo como comer, dormir, amar, orinar. Nadie me lo pide, no vivo de la escritura, por eso soy capaz de esperar muchos años antes de terminar un relato o un poema.

-Más allá de las diferencias esenciales, entre tus personajes sobrevuela como un humor amargo, desde el Gauchito Gil de Colgado de los tobillos a Cátulo Rodríguez de Teoría del desamparo, pasando por el Gigante González, todos son perfiles más o menos melancólicos. ¿Es, digamos, una casualidad? ¿O es más bien una característica buscada?
-Elijo contar historias de perdedores, de hombres derrotados por las circunstancias, me enternece su fragilidad y también su torpeza. Un psicoanalista diría que son una proyección de mi personalidad y tal vez tenga razón. Me harté de los superhéroes en mi infancia, de su chatura, de su incapacidad para cuestionar la vida, de no enfrentar al poder, simplemente obedecer al sistema como Batman o Superman. Los hombres y mujeres comunes son más complejos, más ambiguos, más dubitativos, más cerca de mis indecisiones, de mi cobardía. Por eso, siempre termino contando con un poco de humor y burla sus historias.

-Otra hermosa recurrencia en tus personajes, o bien en tus tramas, es la necesidad de “enmascararse”; de, digámoslo así, mostrar una vida de mentira (como el profe de La música en que flotamos, que en su juventud escondía su trabajo en una carnicería). En Nadie detiene las ambulancias, una de tus últimas novelas, se insinúa un simulacro desde el título. ¿Cómo opera, cómo funciona la ficción en medio de toda esta pequeña gran farsa?
-Mis personajes parten siempre de una realidad cercana, a veces autobiográfica, que enseguida traiciono. Necesito distorsionar sus vidas, buscar lo singular dentro de esa trama, por eso aparecen muchas máscaras y enigmas para que el lector se sienta atraído hacia un lugar en lo posible inesperado. Para mí la literatura se juega en ese espacio entre la verdad y la mentira, lo lógico y lo absurdo, porque de esa manera el personaje es más visible y perdurable en el lector. La literatura no tiene ningún compromiso con lo verídico o lo histórico, es siempre la alteración de la realidad cotidiana, una invitación a jugar con todo sin reglas que nos asfixien. De esa hibridez han nacido El Quijote, Hamlet, Gulliver, Raskolnikov y Oliveira.

 

Nota completa en revista El Faro

*Sobre Mariano Quiroz