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Pandemia y actividad artística: tres casos de argentinos ejerciendo la gestión cultural en el exterior

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Si la pandemia trajo consigo la paralización de todas las actividades del sector productivo a nivel mundial, el mundo del arte no quedó exento de eso, sobre todo porque fue de las primeras industrias en tener que frenar y será, de seguro, de las últimas en retornar. El hecho de que los proyectos culturales se produzcan, se distribuyan y se consuman en gran parte entre grupos de personas hizo que hubiera que poner un freno para repensar. ¿Cómo se reinventan aquellas actividades que son esencialmente físicas y requieren de los otros para funcionar? ¿Qué estrategias pueden implementar los gestores culturales para sobrellevar la crisis y no dejar de crear? ¿Están las industrias culturales frente a un cambio que ya no tendrá vuelta atrás?

Según datos de Unesco, que viene desarrollando programas para mitigar el impacto del virus en el sector cultural, hacia mediados de abril había instituciones culturales cerradas en 128 países y parcialmente cerradas en otros 32, algo inédito e inesperado hace unos meses, cuando los proyectos gozaban de todo su esplendor. Como si fuera poco, el organismo estimó que miles de emprendimientos culturales alrededor del mundo están en riesgo de quebrar y que son incontables los espectáculos, eventos y publicaciones que dan sustento a trabajadores de la cultura que se encuentran suspendidos o sin posibilidad de funcionar. La directora general del organismo especializado de las Naciones Unidas, Audrey Azoulay, mostró su preocupación al respecto y en el Día Mundial del Arte expresó: “En estos tiempos inestables e inciertos necesitamos mirar las cosas que nos unen, las que nos muestran el mundo en todas sus manifestaciones, y para ello necesitamos artistas”, consideró.

Que el Covid-19 no es sólo una crisis sanitaria es evidente, aunque no puedan calcularse todavía los daños económicos que va a causar hasta su finalización. Las cifras se modifican día a día, de modo que si promediando el mes de abril la industria cinematográfica mundial ya había registrado una pérdida de ingresos de 7.000 millones de dólares, hoy puede estimarse que ese número creció mucho más. Así con todos los rubros: los teatros del mundo permanencen cerrados al unísino por primera vez en la historia, lo mismo los museos, y la industria musical sufre una fuerte caída tras la cancelación de todos los conciertos y grabaciones a nivel mundial. Igual suerte corre cada disciplina que implique una reunión de personas y se sustente en la corporalidad.

¿Se puede hablar, entonces, de la muerte del arte? Desde luego que no. Éste ha sabido siempre reinventarse y proponer nuevas y desafiantes formas de existencia ante cada contexto mundial y esta no es la excepción. Producciones remotas, reconversión de proyectos y hasta el aprovechamiento de la situación son algunas de las estrategias que los trabajadores de la cultura vienen desarrollando en los últimos dos meses para sobrevivir a esta situación. Se ve claro en la Argentina, con un exponencial aumento de la tan de moda “cultura en casa” y un vuelco grande hacia la virtualidad.

Para conocer las distintas herramientas que se están llevando a cabo en otros países, El Faro convocó a tres gestores culturales argentinos que se encuentran viviendo en el exterior y les consultó sobre su nueva realidad. ¿Encontraron en lo digital un aliado para mitigar pérdidas y seguir conectados con sus públicos? ¿Reciben ayuda del Estado o debieron apelar a otros lazos de solidaridad? ¿La pandemia afectó a sus producciones a nivel temático o bien creen que lo hará? Los teatristas Gabriel Molina desde España y Carlos Uriona desde Estados Unidos y la productora Nora Saúl y la bailarina jujeña María Julia Rodríguez Sivera, desde México, intentan responder estos y otros interrogantes que muestran la actualidad del inédito e inesperado mapa cultural mundial.

El Estado como sostén

Si hay alguien que no se achica frente a las dificultades es Gabriel Molina, actor, director y dramaturgo. Nacido en Wilde, Provincia de Buenos Aires, dejó Argentina en busca de un sueño en mayo de 2001, unos meses antes del estallido social. Se radicó en Madrid, en principio por seis meses, que luego se hicieron años y luego se transformaron en una vida que hoy tiene montada allá.

Siempre supo que quería viajar con el teatro, de modo que su pasaporte de ida llevaba bajo el brazo la idea de armar una compañía, montar una obra y viajar. Dejó su cátedra de Interpretación en la hoy Universidad Nacional de las Artes (ex IUNA) y se volcó de lleno a seguir su carrera en la capital española, a la que siempre consideró de un “gran atractivo cultural”.

Estuvo unos años girando, dando talleres y armando seminarios de investigación. Así conoció a Angélica Briseño, su compañera desde entonces, una talentosa actriz y dramaturga mexicana que también andaba buscando un espacio para exprimir su sed por la investigación. Al tiempo de moverse coincidieron en que era tiempo de adquirir un espacio propio y así fue como en 2004 La Usina, como dieron en llamar a su proyecto cultural, tuvo su primera sala, situación que no abandonarían más.

A fuerza de constancia y trabajo de calidad, hoy es una sala más que relevante dentro del espectro de espacios alternativos de Madrid, donde por año se programan más de 300 funciones de entre 50 y 60 grupos de todo el país. En la semana funciona la escuela y sus talleres y de viernes a domingos hay funciones, siempre en la búsqueda de ser un faro en estéticas experimentales y de riesgo poético.

Hasta el día anterior a que se decretara la cuarentena en España, Gabriel y Angélica dieron sus talleres habituales en La Usina. “Ese fin de semana ya lo teníamos programado con funciones, lo mismo que marzo completo, abril y mayo. Aquí la temporada termina el 31 de julio y al agarrarnos en marzo se nos cortó la parte más fuerte de la programación”, cuenta Molina en diálogo con El Faro. “Tuvimos que parar todo lo que nos genera ingresos, las clases, las funciones y el alquiler de la sala para la realización de otros festivales. Lo mismo le pasó a todas las salas de Madrid”, detalla.

Su caso y el de otros espacios aledaños son testigo de cierta actitud estatal frente a la crisis local producto de la debacle mundial. La Coordinadora Madrileña de Salas Alternativas, al igual que la red nacional y la red iberoamericana que las agrupa, reciben en situaciones normales y de forma regular tres subsidios diferentes provenientes del Ayuntamiento, la Comunidad y el Ministerio de Madrid. En cuarentena esa ayuda no disminuyó, sino que se reconvirtió en un compromiso que está al caer. “Todavía no hay plazos y fechas y eso genera cierta ansiedad, pero nos comunicaron que están estudiando un sistema de ayuda a las salas que no sea sobre la programación, como suele suceder, sino como mantenimiento, para que no tengamos que cerrar y podamos cubrir los gastos mínimos hasta que se pueda volver a trabajar”, cuenta el gestor cultural.

Por lo pronto el Estado español ya puso a disposición un programa que ampara con un seguro de desempleo a los empleados en general (en este caso, a los de la sala) con el compromiso de que después de la pandemia La Usina los reintegre a su puesto de trabajo. En el caso de Molina y Briseño, también ellos pudieron acogerse a un subsidio del gobierno, aquel que ampara a los trabajadores que son autónomos y que se encuentran en cese de actividades por la cuarentena obligatoria o el aislamiento social.

En cuanto a las clases, en La Usina no se acoplaron a la modalidad de darlas a través de plataformas virtuales, como aquí en la Argentina sucede con Zoom, por considerarlo un método que para el entrenamiento teatral “no funciona”. Amplía Molina: “Sí estamos muy en contacto con los alumnos, porque hay algo de la vinculación afectiva y la presencia que es fundamental. Hay ansiedad y es importante contenerla, aunque ni nosotros sepamos cuándo podremos volver”.

La migración a lo digital

Nora Saúl y María Julia Rodríguez Sivera son gestoras culturales argentinas, nacidas en Buenos Aires y Jujuy respectivamente quienes, por sus distintos proyectos familiares y laborales, se juntaron y concidieron en México, donde ambas radican hace varios años. Tras realizar algunos trabajos en el ámbito independiente, las productoras fundaron la Casa de la Cultura Argentina en México, una organización sin fines de lucro que tiene por objetivo la promoción, difusión, y fomento cultural y artístico de la cultura argentina en ese país.

Tras unos primeros años de prueba con peñas semanales a modo de espacio de encuentro, comprobaron el alto interés que había en su trabajo por parte de la comunidad “argenmex”. “Acá son muy gustosos de nuestra cultura, así que eso nos impulsó a seguir”, cuenta Saúl, para quien es muy importante poder formar a los hijos mexicanos de matrimonios mixtos en la cultura argentina.

Así fueron diversificando sus actividades hasta llegar a un amplio abanico de eventos que incluyen tertulias literarias, celebración de días festivos del calendario argentino y ediciones de actividades gastronómicas, además de espectáculos artísticos de corte más tradicional. Una base que, pese a seguir el camino de la independencia y la autogestión, llevó a las gestoras a trabajar en varias oportunidades con el área de Cultura de la Embajada de la República Argentina en México.

Según cuentan a El Faro, para abril de este año la Asociación tenía programada una actividad importante que resaltaba en el calendario de eventos por su magnitud y calidad. Era “La Semana Argentina en México”, que, con apoyo de la Alcaldía Cuauhtémoc (CDMX) y de la Embajada Argentina, culminaría con la tercera edición del Festival Nacional de la Chacarera. “Tuvo que cancelarse debido a la contingencia y lo mismo pasó con los proyectos de otros colegas del ámbito de la gestión cultural. Todo quedó en suspenso y en total incertidumbre”, cuenta Rodríguez Sivera.

De inmediato hubo una certeza entre los miembros de la Asociación: que la salud sería la prioridad y que no harían nada que incumpliera los protocolos de recomendación. Se volcaron entonces a lo digital, como sucedió en gran parte del mundo, pero con la convicción de que también debía haber cierta “gestión” en el manejo de ese mundo. “Cuando vimos que arrancaban a hacerse intervenciones de distintos artistas de manera espontánea por las redes, desde la asociación nos pusimos a trabajar para que este trabajo virtual no fuera desordenado, no se superponga y sobre todo que no se reflejara únicamente como algo individual sino colectivo y organizado”, agrega Saúl, para quien es importante “concretar la posibilidad de monetizar esas intervenciones y darles continuidad como una alternativa más hasta que se puedan retomar las actividades con público presencial”.

En ese intercambio de ideas aparecieron las mencionadas creatividad y resiliencias propias del mundo del arte, y así surgieron algunas alternativas originales como la de ofrecer los servicios de los artistas a empresas que realizan reuniones virtuales de trabajo o de esparcimiento con sus equipos y que puedan interesarse en amenizar esos encuentros con conciertos u otro tipo de actividad artística. “La idea se desarrolló a partir de un empresario argentino que nos convocó para hacerlo con su equipo de trabajo. El éxito de la propuesta nos inspiró a reproducirla”, desliza Rodríguez Sivera, quien ve en la migración a lo digital “la única alternativa en lo inmediato” para sobrellevar la situación.

De todos modos, y aunque son conscientes de eso último, las productoras apuntan que “no hay que resignar la intención de volver cuanto antes a las presentaciones con público”. Sobre todo porque, según cuentan, no todos los espectadores se sumaron de manera activa a las redes.

Por el lado de los gastos fijos mensuales (una de las mayores preocupaciones de quienes gestionan en todo el mundo un proyecto cultural), las productoras consideran una tranquilidad en este momento no contar con un espacio propio que de lo contrario tendrían que mantener. De todos modos admiten la necesidad de encarar ese proceso cuando esta situación termine. “Sería más fácil para nuestras actividades si tuvieramos una sede, un espacio en el que la gente ya sepa que va a haber programación. Consideramos que es un paso a encarar a futuro, porque hoy más que nunca hay una búsqueda grande de identidad”, refleja Saúl.

La fuerza de la solidaridad

Si de ejemplos se trata, imposible no mencionar en este recorrido un último caso, el de Carlos Uriona y su compañía, el Double Edge Theatre, una organización muy peculiar dirigida por artistas que fue fundada en 1982 por la teatrista feminista Stacy Klein. Imposible eludirla porque grafica la importancia de reforzar los lazos comunitarios de manera habitual, no solamente (y por conveniencia o a las apuradas) cuando envuelve una crisis mundial.

Si nadie se salva solo, eso lo sabe de sobra Uriona, actor, director y dramaturgo oriundo de Lomas de Zamora, una localidad ubicada al sur del conurbano bonaerense. Y es que mucho antes de emigrar y sumergirse en una de las experiencias culturales más interesantes del país del norte, el teatrista basó su trabajo en la formación de grupos, de cooperativas de trabajo y al calor del teatro popular. El mítico grupo Diablomundo, hoy emblema de su barrio natal, sentó las bases de aquello de lo que que luego haría su modo de vida: la solidaridad.

En Ashfield, al oeste de Massachusetts y en una zona esencialmente rural, el Double Edge Theatre se erige como una organización que no sólo se dedica al arte sino a cultivar el espíritu social. Hacen espectáculos, sí, pero su trabajo desde hace más de dos décadas excede esa sola veta y se amplía hacia territorios de la propia intimidad, como el compartir de la vivienda, el alimento y la educación. Para Uriona es como un “circo criollo”, una experiencia de raíces profundas donde se integran las labores del actor, del productor y el director. Una telaraña de relaciones que se ejercen con un alto nivel de salud y honestidad que no es tan habitual”, define Uriona.

El grupo que trabaja con él y con Klein -y que anualmente se conforma de artistas y aspirantes de todas partes del mundo- día a día reconvierte lo que era una antigua granja típica de esa zona rural en un novedoso ambiente cultural. Entrenan, investigan el campo de las acciones físicas (a las que le dan una importancia vital), pero además hacen actividades que encuentran “complementarias” como sembrar y cosechar.

Como todo proyecto de vanguardia, el Double Edge Theatre tiene una relación particular con su “público”, que es además parte de la misma comunidad. No sólo hacen espectáculos en el maravilloso galpón de la “farm”, sino que realizan un aprovechamiento consciente y poético de las casi 50 hectáreas de la colina que administran, utilizando para sus creaciones las bondades del espacio exterior. Así que no es raro ver acontecimientos culturales a orillas del río o la laguna, a las que consideran parte de su “combustible natural”.

Como a todo el mundo, a este grupo también la pandemia lo hizo parar. Pero el suyo no fue un parate cualquiera, como el de otros espacios tradicionales que debieron frenar su actividad, sino que se convirtió en una oportunidad para reflexionar. Estamos ante uno de esos momentos terminales de la historia de la humanidad y me parece que es tiempo de preguntarnos cómo nos vamos a relacionar de aquí en más. Tal vez, el espectáculo no vuelva a ser masivo en lo inmediato, pero podremos plantear trabajos en los que deambulen unas cincuenta o sesenta personas, o una escena que habilite a que una familia se detenga a mirar”, dice Uriona, para quien hoy, más que nunca, es clave el modelo de integración con la comunidad.

Si el suyo es un caso atípico, lo es justamente por eso: porque ya previamente a la pandemia, disponían de aceitados mecanismos de producción más amigables que aquellos a los que tradicionalmente somete el capital. Según se puede ver en sus manifiestos, para este grupo las necesidades económicas no se miden únicamente por la monetización, sino que pueden también basarse en el intercambio de trabajo, de insumos, de educación y de vivienda (ya que todos los miembros se fueron armando pequeñas casas alrededor de la vieja granja). “Ahora estamos muy enfocados en eso”, dice Uriona, quien desliza que eso es posible por el carácter de los vínculos y su larga duración. De los veintún empleados que tiene el teatro, ninguno fue despedido. Todos están resistiendo en ese plan de comunidad e integración.

En cuanto al trabajo en plataformas digitales, si bien no lo descartan, no es algo a lo que le den absoluta prioridad. “Creo que la obligación ética que tenemos, en este contexto, es la de buscar nuevas formas de relacionarnos en un contexto industrial”, afirma el creador, para quien “el arte tiene que estar a la cabeza de ese proceso”. En ese sentido, destaca todo el tiempo la tarea de generar confianza y prestigio, elementos que en la propia experiencia le sirvieron, por ejemplo, para obtener financiamiento de la banca cooperativa local.

El público de aquí nos está pidiendo desesperadamente que abramos, pero también saben que somos muy conscientes y que lo vamos a hacer con criterio y mucho cuidado cuando hayamos desarrollado una nueva plataforma para poder trabajar”, sostiene Uriona, quien si tiene que arriesgar cómo será el futuro imagina recorridos artísticos que le permitan a los espectador mantener la distancia física y social.

Todo está paralizado y nadie sabe hasta cuándo será así, pero la idea es generar de a poco alternativas mínimas que después veremos cómo financiar. Por lo pronto lo importante es seguir buscando maneras de relacionarnos que estén por fuera de aquellas a las que el sistema capitalista nos ha acostumbrado. Lo cual no implica, por cierto, la ausencia de vulnerabilidad”, cierra.

Lic. Gustavo Souto

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