Nota

Simoca, tierra que canta

Nota

 

Desde siempre, Simoca estuvo atravesada por la música. La vida en los cañaverales, los oficios y las fiestas son una marca de identidad no sólo de este pueblo tucumano, sino de la cultura popular argentina.  Por Fabiola Orquera

 

Para las de Simoca, mis ansias locas de estar allí”, dice la zamba Al Jardín de la República, de Virgilio Carmona, mientras que De Simoca, del Chango Rodríguez, también conocida como Carretas cañeras, afirma en su estribillo: “canta con la zafra todo Tucumán”. Esta unión del paisaje de cañaverales con la necesidad de festejo de sus habitantes constituye el leiv motiv del folklore musical tucumano del período azucarero. En el caso de estas zambas, su gran difusión hizo famosa a Simoca entre los oyentes de folklore a nivel nacional e incluso internacional. Por eso es posible realizar un recorrido por los aspectos más notables del lugar y por las composiciones que hacen referencia a su universo simbólico.

De acuerdo con la historiadora Beatriz Garrido en Historia del Municipio de Simoca (2017), a la llegada de los españoles este territorio estaba habitado por las etnias lule, cacana y tonocoté, las que, a pesar de la resistencia que opusieron a la conquista, fueron sojuzgadas. A fines del siglo XVII se había producido un importante grado de mestizaje y el pueblo formaba parte del curato de Chicligasta, hasta que en 1836 se lo menciona dentro del Departamento de Monteros. En 1861 se realiza la demarcación de la villa y se habilita un templo católico bajo el patronazgo de la Virgen de la Merced, que había sido adoptado en 1851.

La modernización se produjo con la llegada del ferrocarril, en 1876: desde la estación de Simoca partían, en carros con ruedas y ejes de madera, las maquinarias para la construcción de los ingenios Providencia, Santa Rosa, Santa Lucía y Ñuñorco. La industrialización azucarera implicó la intensificación del cultivo de caña de azúcar, al tiempo que atrajo a los inmigrantes, sobre todo españoles, suizos y árabes. A principios del Siglo XX se fundó la Escuela Josefa Díaz (que tomó el nombre de la maestra que recaudó los fondos para su creación), a la que asistieron los principales referentes de la zona. Otros sitios de reunión fueron el Club social y la Biblioteca popular Florentino Ameghino, creada en 1917, que funcionó como centro de actividades culturales.

En esos tiempos los pequeños productores se reunían cada sábado en una gran feria, como se cuenta en el CD Corazón de Simoca (2014), en el que Esteban Lito Ledesma integra relatos y composiciones musicales de su autoría -compartida en la musicalización de algunos temas con Lilo Jacobo, el Colorao Herrera y Fernando Pérez-. El Rosedal era una pulpería propiedad de sus padres, ubicada en el humilde barrio La hilacha y pasó a ser museo en 1994. En la década del treinta los puesteros se instalaban en sus veredas y se organizaban “los carnavales de la ramada, con pechadas de a caballo” y “los jueves o viernes pernoctaban los ferieros que venían con sus carros carboneros cargados de patay, bolanchao, pantallas de palma, algarrobas, entre otras cosas”. Alrededor de la cruz se juntaban sulkys y jardineras que traían productos de la campaña. Después se instalaron puestos alrededor de las casillas del ferrocarril General Belgrano y frente al pacará. A través de relatos y  temas musicales se rememoran aspectos de la religiosidad popular y antiguos oficios: la empanadillera -se le dedica un vals-, la malacatera, el carrero, el piolero, el balancero, el pelador, el violinero, el bandoneonista, el guitarrero y el curador de animales, siendo el más famoso don Doroteo Correa.

 

Nota completa en Revista El Faro